Junio está marcado por el solsticio, pero también por conjunciones planetarias, lluvias de meteoros, efemérides históricas y, como no, la Vía Láctea.
RUBÉN ROMERO - ORIÓN ASTRONOMÍA
01 June 2026
Junio llega acompañado de una de las transiciones astronómicas más importantes del año. Durante este mes, la Tierra alcanza un punto clave en su órbita alrededor del Sol, marcando un cambio de estación que ha sido observado, interpretado y celebrado por distintas civilizaciones a lo largo de la historia. Este momento no solo define el clima, sino también la forma en la que percibimos el cielo nocturno.
Mientras con el solsticio de junio el verano comienza oficialmente en el hemisferio norte y el invierno se instala en el hemisferio sur, el firmamento ofrece noches cargadas de interés. A pesar de que en el norte las horas de oscuridad disminuyen, la calidad de los objetos visibles compensa con creces esta reducción. En el sur, en cambio, las largas noches permiten disfrutar de algunos de los paisajes celestes más espectaculares del año.
Si bien junio no es el mes con más eventos astronómicos, sí es la bienvenida a lo que está por llegar. Junio está marcado por el solsticio, pero también por conjunciones planetarias, lluvias de meteoros, efemérides históricas y la progresiva aparición de la Vía Láctea, protagonista indiscutible del cielo en los meses siguientes.
No pierdas la opción de asistir a las múltiples experiencias que nos ofrecen las empresas profesionales de Astroturismo que hay repartidas por todos los territorios, que seguro que harán brillar, aun más si cabe, las maravillas que nos esconde el Cosmos.
Uso de imagen bajo licencia DepositphotosLa Luna Llena tendrá lugar el 29 de junio de 2026 y será conocida tradicionalmente como la Luna de Fresa, un nombre heredado de las culturas nativas americanas que asociaban esta fase lunar con la época de recolección de fresas. También recibe otras denominaciones como Luna de la Miel, vinculada a tradiciones europeas, o Luna de las Rosas, relacionada con la floración estacional.
En esta ocasión, además, se tratará de una Microluna, ya que coincidirá con el apogeo lunar, es decir, el punto en el que la Luna se encuentra más alejada de la Tierra. Esto hará que su tamaño aparente sea ligeramente menor y su brillo algo más tenue, aunque la diferencia es sutil a simple vista.
Fases lunares:
El 21 de junio se producirá el solsticio de junio, uno de los eventos astronómicos más relevantes del año. Este fenómeno se debe a la inclinación del eje terrestre, que provoca una distribución desigual de la luz solar entre hemisferios.
Este evento ha sido históricamente celebrado por numerosas culturas, dando lugar a festividades, rituales y monumentos alineados con el Sol.
Solsticio de junio en el Paraje Natural de los Barruecos, Cáceres / Crédito: Turismodeestrellas.comJunio ofrece varios eventos destacados:
Aunque junio de 2026 no traerá grandes cometas visibles a simple vista que dominen el cielo, sí ofrece una oportunidad más sutil y fascinante: la de salir a buscarlos. Porque los cometas, a diferencia de otros objetos celestes, no siempre se muestran de forma evidente. A veces hay que ir tras ellos.
Durante este mes, varios cometas periódicos estarán al alcance de observadores equipados con binoculares o pequeños telescopios, cada uno con su propia historia y carácter.
El 2P/Encke, uno de los cometas más conocidos, regresa fiel a su cita con el Sol en una de las órbitas más cortas registradas. Es un viajero frecuente del sistema solar interior, y observarlo es casi como reencontrarse con un viejo conocido del cielo.
El 45P/Honda-Mrkos-Pajdušáková, con su nombre tan peculiar como su trayectoria, es otro de los protagonistas. En determinadas condiciones puede mostrar un brillo accesible para instrumentos modestos, lo que lo convierte en un objetivo especialmente interesante para quienes se inician en la observación cometaria.
Más discreto es el 62P/Tsuchinshan, un cometa tenue que exige algo más de planificación y paciencia. No es un objeto que se deje ver fácilmente, pero precisamente ahí reside parte de su encanto: encontrarlo es una pequeña conquista personal.
Y luego está el 29P/Schwassmann-Wachmann, un cometa impredecible y fascinante. Famoso por sus repentinos estallidos de brillo, puede pasar de ser apenas perceptible a destacar notablemente en cuestión de días. Observarlo es, en cierto modo, aceptar la incertidumbre del cielo.
Imagen del cometa Lovejoy captado desde Estación Espacial Internacional el 22 de diciembre de 2011./ Crédito: NASA/Dan Burbank Cómo observarlos: la búsqueda de lo difuso
A diferencia de las estrellas o los planetas, los cometas no brillan con nitidez. Se presentan como manchas difusas, suaves, casi etéreas, a veces acompañadas de una tenue cola que apenas se distingue del fondo del cielo.
Para encontrarlos, es fundamental alejarse de la contaminación lumínica. Bajo un cielo oscuro, las probabilidades aumentan considerablemente. El uso de prismáticos o telescopios resulta clave, ya que permiten separar estas débiles luces del fondo estelar.
También es recomendable apoyarse en aplicaciones o cartas celestes actualizadas, que indiquen su posición exacta noche a noche. En el caso de los cometas, el cielo está en constante cambio.
Más allá de su apariencia, los cometas son auténticos fósiles cósmicos, ya que están formados por material primitivo que se ha mantenido prácticamente intacto desde el nacimiento del sistema solar. Observar uno de ellos no es solo un ejercicio visual: es, en cierto modo, asomarse a los orígenes. A una época en la que planetas, lunas y estrellas aún estaban formándose.
Quizá por eso, aunque no siempre sean espectaculares, los cometas tienen algo especial.
Junio es un mes más sutil en cuanto a lluvias de meteoros, pero precisamente ahí reside su encanto. Lejos de los grandes espectáculos de otros momentos del año, ofrece destellos discretos que premian a quienes saben mirar con paciencia. Es un cielo que no deslumbra de inmediato, sino que invita a la calma, a la observación pausada y a la conexión con la noche.
Entre finales de mayo y mediados de junio tiene lugar una de las lluvias de meteoros más intensas del año: las Ariétidas. Sin embargo, su mayor peculiaridad es también lo que las convierte en un fenómeno casi secreto: ocurren principalmente durante el día.
Su pico se sitúa alrededor del 7 de junio, momento en el que la actividad puede ser sorprendentemente alta. Pero al producirse con el cielo iluminado por el Sol, la mayoría de sus meteoros pasan desapercibidos para el ojo humano. Solo en las horas previas al amanecer, cuando la oscuridad aún resiste, es posible llegar a observar algún destello fugaz cruzando el cielo.
Saber que, incluso a plena luz del día, la Tierra está atravesando una corriente de partículas que generan decenas de meteoros por hora añade una dimensión casi poética a este fenómeno invisible.
Si hay una lluvia de estrellas que encarna el misterio, esa es la de las Bootidas de junio. Activas entre finales de mes, con un máximo alrededor del 27 de junio, son conocidas por su comportamiento errático.
La mayoría de los años pasan prácticamente desapercibidas, con una actividad muy baja. Pero, de forma inesperada, pueden sorprender con repentinos estallidos de meteoros, convirtiendo una noche cualquiera en un espectáculo inolvidable. Esa incertidumbre es, precisamente, lo que las hace especiales.
Observar las Bootidas es un ejercicio de paciencia y esperanza. No hay garantías, pero sí la posibilidad de ser testigo de algo único.
Uso de imagen bajo licencia DepositphotosCómo observar: la belleza de la espera
A diferencia de otras lluvias más intensas, junio invita a una observación más contemplativa. No se trata de contar meteoros sin descanso, sino de disfrutar del cielo en su conjunto.
Las mejores horas siguen siendo las cercanas al amanecer, cuando la Tierra avanza de frente en su órbita y aumenta la probabilidad de ver trazos luminosos. Alejarse de la contaminación lumínica es clave: bajo un cielo oscuro, incluso una lluvia modesta puede regalar momentos memorables.
No se necesitan telescopios ni instrumentos. Solo un lugar cómodo, una mirada atenta y tiempo. Mucho tiempo.
Fotografía de meteoros: capturar lo efímero
Fotografiar lluvias de estrellas en junio puede ser un reto, pero también una experiencia muy gratificante. La menor frecuencia de meteoros obliga a trabajar con exposiciones largas y múltiples intentos, esperando capturar ese instante fugaz en el que una roca espacial se convierte en una línea de luz.
Las noches sin Luna son especialmente favorables, permitiendo que los meteoros más débiles queden registrados en la imagen. Integrar el paisaje —un horizonte, una silueta, un árbol— añade contexto y emoción a la fotografía.
Cada captura es, en cierto modo, un pequeño triunfo contra lo efímero.
Junio abre la puerta a una de las épocas más mágicas del año para quienes disfrutan del cielo nocturno. Aunque en el hemisferio norte las noches se acortan, el firmamento comienza a transformarse poco a poco en un escenario cada vez más rico, anticipando la gran protagonista del verano: la Vía Láctea.
La Vía Láctea: el regreso del gran río de estrellas
En el hemisferio norte, la Vía Láctea empieza a dejarse ver con timidez. A partir de la medianoche, una tenue franja blanquecina comienza a elevarse desde el horizonte sureste, como un susurro de luz que poco a poco gana presencia. No alcanza aún su máximo esplendor, pero ya deja entrever las regiones más densas y fascinantes de nuestra galaxia, especialmente en las constelaciones de Escorpio y Sagitario. Para quienes se alejan de las luces de la ciudad, este momento marca el inicio de una temporada muy esperada.
En el hemisferio sur, en cambio, el espectáculo ya está en pleno apogeo. La Vía Láctea cruza el cielo con una claridad impresionante, mostrando su núcleo galáctico alto sobre el horizonte durante gran parte de la noche. Es aquí donde el cielo se vuelve casi tridimensional, salpicado de cúmulos estelares, nebulosas y densas nubes de estrellas que parecen formar auténticos paisajes cósmicos.
«Salto del Agrio» – Alejandra Heis / Vía: Milky Way Photographer of the Year 2026Mirar a simple vista: redescubrir el cielo
No hace falta ningún instrumento para disfrutar del cielo de junio. Basta con levantar la vista en una noche oscura para reconocer la silueta curva de la Vía Láctea, extendiéndose como un río de luz sobre nuestras cabezas. Constelaciones como Escorpio, con su inconfundible forma, o Sagitario, apuntando hacia el corazón de la galaxia, dominan la escena.
En el hemisferio norte, el Triángulo de Verano comienza a ganar protagonismo, anunciando noches más cálidas y estrelladas. Mientras tanto, objetos como el cúmulo globular M13 en Hércules o la delicada Nebulosa del Anillo (M57) esperan a quienes se animan a explorar un poco más allá con prismáticos.
Con binoculares o telescopio, el cielo cobra profundidad
Al utilizar unos simples binoculares, el cielo cambia por completo. Lo que a simple vista parece una nube difusa se transforma en miles de estrellas agrupadas, revelando la verdadera riqueza de la Vía Láctea. Regiones como la Nebulosa de la Laguna (M8) o los cúmulos abiertos en Sagitario comienzan a mostrar detalles sorprendentes.
Con telescopio, el viaje se vuelve aún más profundo: cúmulos globulares que parecen enjambres de luz, nebulosas con formas caprichosas y galaxias lejanas que nos recuerdan la inmensidad del universo.
Fotografía nocturna: capturar la emoción del cielo
Junio marca el inicio de la mejor temporada para la fotografía de la Vía Láctea. Bajo un cielo oscuro, lejos de la contaminación lumínica, es posible capturar ese arco galáctico elevándose sobre el horizonte.
Las mejores imágenes nacen de la combinación entre cielo y tierra: montañas, árboles o construcciones que sirven de marco a la galaxia. Con una cámara, un trípode y algo de paciencia, la noche se convierte en un lienzo donde la luz de millones de estrellas queda atrapada en una sola imagen.
Las noches cercanas a la Luna Nueva son especialmente valiosas, ya que permiten observar y fotografiar el cielo con mayor contraste y profundidad.
Junio no solo se vive mirando el cielo: también se recuerda, se celebra y se conecta con la historia de nuestra relación con el Universo. A lo largo del mes, varias fechas nos invitan a reflexionar sobre fenómenos que van desde misterios aún sin resolver hasta eventos científicos que han cambiado nuestra forma de entender el Cosmos.
30 de junio – Día Internacional del Asteroide
Cada 30 de junio se conmemora el Día Internacional del Asteroide, una fecha que no fue elegida al azar. Recuerda el impacto ocurrido en 1908 en Tunguska, Siberia, cuando un objeto espacial explotó en la atmósfera liberando una energía equivalente a miles de bombas.
Este día no solo mira al pasado, sino también al futuro. Es una oportunidad para tomar conciencia sobre los asteroides cercanos a la Tierra, esos viajeros silenciosos que cruzan el espacio y que, en raras ocasiones, pueden convertirse en protagonistas de eventos extraordinarios.
Pensar en ellos cambia la escala de nuestra realidad: nos recuerda que la Tierra forma parte de un entorno dinámico, donde incluso pequeñas rocas pueden tener consecuencias gigantescas.
30 de junio – Día de la Observación de Meteoros
Coincidiendo con esta fecha, también se celebra el Día de la Observación de Meteoros, una invitación abierta a mirar al cielo y reconectar con uno de los espectáculos más simples y fascinantes: las estrellas fugaces.
No es necesario que haya una gran lluvia activa. Este día propone algo más profundo: recuperar el hábito de observar. Tumbarse bajo el cielo, dejar que la vista se acostumbre a la oscuridad y esperar.
Cada meteoro que cruza el firmamento es un fragmento de historia cósmica que se desintegra ante nuestros ojos. Un instante breve, pero suficiente para recordarnos lo vasto y activo que es el universo.
28 de junio – El meteorito de Nakhla: una roca con historia
El meteorito de Nakhla es una de esas historias que siempre resurgen cuando hablamos de curiosidades astronómicas.
Cayó en Egipto en 1911 y pertenece a un grupo muy especial: los meteoritos de origen marciano. Es decir, fragmentos que alguna vez formaron parte de Marte y que, tras un impacto, fueron expulsados al espacio hasta terminar en la Tierra.
Lo más intrigante es que este meteorito contiene estructuras que durante años alimentaron el debate sobre la posible existencia de vida microscópica en Marte. Aunque hoy se interpretan de forma más cauta, su estudio abrió una puerta fascinante: la posibilidad de que la vida, o sus ingredientes, puedan viajar entre planetas.
Sostener una roca así —aunque sea en un museo— es, en cierto modo, tocar otro mundo.
Los dos lados del meteorito Nakhla y sus superficies interiores después de romperse en 1998./ Crédito:NASA / Vía: Wikipedia Junio no busca impresionar de inmediato. No es el mes de los grandes eventos astronómicos, de las lluvias más intensas ni de las noches más largas en todos los rincones del planeta. Y, sin embargo, tiene algo especial, precisamente porque es un inicio, el momento en que el cielo empieza a transformarse, en que la Vía Láctea regresa poco a poco, en que las noches invitan a salir aunque sean breves. Es un mes que enseña a observar con paciencia, a valorar los detalles y a anticipar lo que está por venir.
Bajo su aparente calma, junio esconde un cielo en construcción. Cada estrella que aparece, cada franja tenue de la galaxia, cada meteoro fugaz, forman parte de una historia mayor que se desplegará en los meses siguientes. Es el prólogo de las grandes noches de verano en el norte y el corazón de las mejores noches en el sur.
Quizá por eso, más que un final, junio se siente como una promesa. Una invitación a mirar hacia arriba… y quedarse un poco más.
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