Yorick, el mono que sobrevivió a un vuelo espacial, pero murió al volver a la Tierra

Astronomía

Yorick, el mono que sobrevivió a un vuelo espacial, pero murió al volver a la Tierra

Hace 75 años, un mono regresó vivo de un vuelo experimental. Su historia revela uno de los episodios más duros de los inicios de la carrera espacial.

El 20 de septiembre de 1951, un pequeño mono llamado Yorick protagonizó un acontecimiento que parecía abrir una nueva etapa en la exploración espacial: se convirtió en el primer primate recuperado con vida después de un vuelo experimental en cohete. Sin embargo, lo que debería haber sido una historia de supervivencia terminó convirtiéndose en una de las páginas más amargas de los primeros años de la investigación aeroespacial. Yorick había sobrevivido al lanzamiento, al ascenso y al aterrizaje, pero murió poco después de regresar a la Tierra.

Este mes se cumplen 75 años de aquel vuelo, realizado cuando todavía faltaba una década para que Yuri Gagarin se convirtiera en el primer ser humano en viajar al espacio. En aquellos años, los científicos intentaban averiguar si un organismo vivo podía soportar las aceleraciones de un cohete, las condiciones de la alta atmósfera y los efectos de la ingravidez.

La historia de Yorick, recogida por la NASA en su archivo histórico A Brief History of Animals in Space, permite comprender hasta qué punto los primeros pasos de la exploración espacial estuvieron ligados a la experimentación con animales y a los riesgos que estos tuvieron que afrontar.

Un mono y once ratones a bordo de un cohete Aerobee

Yorick, también conocido como Albert VI, era un macaco rhesus que participó en un experimento del programa de investigación aeromédica de la Fuerza Aérea de Estados Unidos.

El 20 de septiembre de 1951 fue lanzado junto a once ratones a bordo de un cohete Aerobee, en una misión desarrollada en Nuevo México. El vehículo alcanzó aproximadamente 72 kilómetros de altitud, una altura extraordinaria para la época, aunque inferior a los 100 kilómetros de la denominada línea de Kármán, utilizada habitualmente como referencia para señalar el comienzo del espacio exterior.

Por tanto, conviene introducir un matiz histórico: aunque la NASA recoge a Yorick como el primer mono que sobrevivió a un vuelo espacial, su misión fue, estrictamente, un vuelo suborbital a gran altitud que no alcanzó la línea de Kármán.

El objetivo del experimento era estudiar cómo respondían los organismos vivos a unas condiciones que todavía resultaban prácticamente desconocidas. Para ello, el mono llevaba instrumentos destinados a registrar parámetros fisiológicos, como su actividad cardíaca, respiración y presión arterial.

Los ratones, por su parte, participaron en experimentos relacionados con los efectos de la radiación cósmica y la ingravidez. Dos de ellos viajaban en un dispositivo giratorio que permitía estudiar su orientación y comportamiento durante el breve periodo de ausencia de peso.

La misión pretendía responder a una pregunta fundamental para la futura exploración humana: ¿podría un ser vivo soportar las condiciones de un viaje en cohete y regresar a la Tierra?

Belka y Strelka: las dos perritas que viajaron al espacio y regresaron para contarlo Sobrevivió al vuelo, pero no a la espera del rescate

Hasta aquel momento, los experimentos estadounidenses con monos habían terminado repetidamente con la muerte de los animales.

En junio de 1949, Albert II había alcanzado unos 134 kilómetros de altitud, convirtiéndose en el primer primate que llegó al espacio, pero murió cuando falló el sistema de paracaídas de su vehículo. Otros monos utilizados en vuelos posteriores tampoco consiguieron regresar con vida.

Con Yorick, por primera vez, el sistema de recuperación funcionó y la cápsula aterrizó con sus ocupantes vivos.

Sin embargo, la misión todavía no había terminado.

Según recoge la documentación histórica de la NASA, el equipo de recuperación tardó en llegar hasta la cápsula, que permaneció expuesta al calor del desierto de Nuevo México. Yorick murió poco después del aterrizaje, como consecuencia de la exposición al calor.

Una publicación histórica de la propia agencia, Space Medicine in Project Mercury, precisa que el mono murió aproximadamente dos horas después del impacto, mientras que otro documento técnico de NASA identifica el calor y el shock como las causas de su fallecimiento.

La paradoja resulta especialmente dolorosa: el experimento había conseguido demostrar que un primate podía sobrevivir a las condiciones del vuelo y al regreso, pero no se logró garantizar su supervivencia durante la recuperación.

Los once ratones también fueron recuperados vivos y se convirtieron en los primeros animales de los que se documentó la supervivencia a aquellas condiciones experimentales de vuelo, según la historia médica del programa Mercury publicada por NASA.

Una foto de w:Albert I (mono Yorick) , tomada antes del lanzamiento. / Crédito: NASA / Wikemedia cc ¿Por qué se enviaban animales antes que astronautas?

Para comprender el contexto de esta historia hay que regresar a los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos comenzó a utilizar cohetes para investigar las condiciones de la alta atmósfera y estudiar la posibilidad de realizar futuros vuelos tripulados.

Todavía se desconocía cómo respondería el cuerpo humano a las intensas aceleraciones del lanzamiento, a los cambios de presión o a la ausencia de gravedad.

Los experimentos con animales permitieron recopilar datos fisiológicos y desarrollar sistemas de soporte vital, recuperación y seguimiento médico que posteriormente serían utilizados en los programas de vuelos espaciales tripulados.

Pero también evidenciaron importantes limitaciones técnicas y de seguridad.

En los primeros años, numerosos animales murieron como consecuencia de fallos en los paracaídas, problemas durante el aterrizaje o deficiencias en los sistemas de recuperación. La historia de Yorick demuestra que no bastaba con diseñar un vehículo capaz de alcanzar grandes altitudes: también era necesario garantizar que sus ocupantes pudieran regresar y ser rescatados en condiciones adecuadas.

Desde la perspectiva actual, estos experimentos plantean además importantes cuestiones éticas sobre la utilización de animales en la investigación espacial, especialmente cuando las misiones implicaban riesgos muy elevados y los animales no podían decidir participar en ellas.

De Yorick a los primeros astronautas

La investigación continuó después de aquel septiembre de 1951.

En mayo de 1952, dos monos llamados Patricia y Mike participaron en otro vuelo experimental a bordo de un cohete Aerobee. Ambos fueron recuperados vivos y sobrevivieron a la misión, aunque tampoco alcanzaron la altitud de 100 kilómetros.

Años después, en 1959, los monos Able y Baker realizaron un vuelo suborbital que alcanzó aproximadamente 483 kilómetros de altitud y regresaron vivos a la Tierra. Baker sobrevivió durante muchos años, mientras que Able murió pocos días después de la misión durante una intervención médica.

Entre tanto, la Unión Soviética también había desarrollado sus propios experimentos con animales. En 1957, la perrita Laika se convirtió en el primer animal en orbitar la Tierra, aunque su misión no contemplaba la posibilidad de regresar.

Todos estos vuelos precedieron a uno de los grandes hitos de la exploración espacial: el 12 de abril de 1961, Yuri Gagarin completó la primera órbita terrestre realizada por un ser humano.

La experiencia acumulada durante aquellos años contribuyó al desarrollo de la medicina aeroespacial y de los sistemas necesarios para que los astronautas pudieran viajar y regresar con vida.

Una historia que también merece ser recordada

Cuando pensamos en los pioneros de la exploración espacial, solemos recordar a los astronautas que caminaron sobre la Luna, a los primeros seres humanos que abandonaron nuestro planeta o a las sondas que han alcanzado los confines del Sistema Solar.

Sin embargo, mucho antes de aquellas grandes hazañas, numerosos animales fueron enviados a bordo de cohetes para estudiar los riesgos de unos viajes que todavía nadie sabía si serían posibles para el ser humano. Yorick fue uno de ellos.

Su vuelo del 20 de septiembre de 1951 representó un avance en los sistemas de recuperación y en el conocimiento de los efectos de los vuelos a gran altitud sobre los organismos vivos. Pero su muerte, cuando ya había regresado a la Tierra, puso de manifiesto que el éxito técnico de una misión no siempre significaba la supervivencia de quienes viajaban en ella.

Setenta y cinco años después, su historia nos recuerda que los primeros pasos hacia las estrellas también estuvieron marcados por pérdidas que no deberían quedar relegadas a una simple nota al pie de la historia espacial.