Webb revela que el planeta rosa no es de nubes de azúcar... Sino de sal.

Astronomía

Webb revela que el planeta rosa no es de nubes de azúcar... Sino de sal.

El James Webb analiza la atmósfera de GJ 504 b, un objeto de masa planetaria situado a 57 años luz y famoso por su tono rosado.

Durante años, GJ 504 b ha sido uno de los exoplanetas más fotografiados y llamativos conocidos. Su característico tono rosado le valió el apodo de "planeta rosa" y convirtió sus imágenes en habituales de libros y artículos de divulgación. Sin embargo, el verdadero misterio nunca fue su color, sino qué ocultaba su atmósfera.

Ahora, el Telescopio Espacial James Webb (JWST) ha permitido estudiar ese mundo con un nivel de detalle nunca alcanzado hasta ahora. Gracias a sus observaciones, un equipo internacional de investigadores ha identificado una compleja mezcla de gases y nubes minerales que ayuda a explicar la naturaleza de este singular objeto situado a unos 57 años luz de la Tierra.

Los resultados, publicados en The Astronomical Journal, convierten a GJ 504 b en uno de los objetos de masa planetaria cuya atmósfera mejor conocemos hasta la fecha.

Un viejo conocido con nuevos secretos

Aunque muchos medios han presentado este hallazgo como el descubrimiento de un nuevo planeta, lo cierto es que GJ 504 b fue descubierto en 2013 mediante una técnica poco habitual: la observación directa.

Mientras la mayoría de exoplanetas se detectan de forma indirecta, observando cómo afectan a la luz de su estrella, GJ 504 b pudo fotografiarse separando su débil brillo del intenso resplandor de la estrella que orbita.

Aquellas primeras imágenes mostraban un llamativo tono magenta que rápidamente le hizo famoso. Sin embargo, conviene hacer una precisión importante: ese color no representa exactamente cómo lo vería el ojo humano, sino que procede de una composición de imágenes obtenidas en distintas longitudes de onda del infrarrojo para resaltar determinadas características físicas del planeta.

Más que un planeta realmente rosa, se trata de una representación científica de una atmósfera extraordinariamente compleja.

Imagen directa del Planeta Rosa (arriba a la derecha), obtenida por el Telescopio Subaru en Hawái en mayo de 2011. Debido a su distancia y frío, aún se ve como un punto tenue. Imagen cortesía de la NASA /Centro de Vuelo Espacial Goddard/NOAJ. Nubes de sal en un mundo gigantesco

Las nuevas observaciones del James Webb, realizadas con el espectrógrafo NIRSpec, han permitido identificar la composición química de esa atmósfera con una precisión sin precedentes.

El estudio revela la presencia de vapor de agua, metano, dióxido de carbono, amoniaco, monóxido de carbono y sulfuro de hidrógeno, además de abundantes nubes formadas por silicatos y sales minerales.

Precisamente estas nubes constituyen uno de los hallazgos más importantes del trabajo. Los investigadores concluyen que son esenciales para explicar el comportamiento de la atmósfera y las características observadas en el espectro del planeta.

Además, el análisis muestra que los gases ascienden y descienden continuamente entre distintas capas atmosféricas mediante intensos procesos de mezcla vertical, modificando constantemente su composición química.

¿Planeta o algo más?

Una de las cuestiones más interesantes del estudio es que ni siquiera resulta sencillo clasificar GJ 504 b.

Los modelos desarrollados por los investigadores estiman que posee una masa aproximada de 25 veces la de Júpiter, con un margen de incertidumbre que lo sitúa muy cerca de la frontera entre los planetas gigantes y las enanas marrones, objetos demasiado pequeños para ser estrellas pero demasiado masivos para considerarse planetas convencionales.

Por ese motivo, los autores prefieren definirlo como un objeto de masa planetaria en lugar de etiquetarlo de forma categórica como exoplaneta.

Su origen sigue siendo una cuestión abierta. No está claro si se formó como un planeta gigante alrededor de su estrella o mediante un proceso más parecido al nacimiento de una estrella.

Un gigante relativamente "frío"

Otra de las características que hacen especial a GJ 504 b es su temperatura.

Los modelos atmosféricos indican que ronda los 564 kelvin, equivalentes a unos 290 grados Celsius. Aunque pueda parecer extremadamente caliente desde una perspectiva terrestre, se trata de una temperatura relativamente baja para un objeto de estas características.

Precisamente ese ambiente menos extremo favorece la condensación de determinados minerales y compuestos químicos, permitiendo la formación de las nubes detectadas por el James Webb.

Su edad, estimada entre 2.500 y 4.000 millones de años, también ayuda a explicar por qué presenta una atmósfera distinta a la de otros gigantes gaseosos mucho más jóvenes y calientes.

El James Webb sigue revolucionando el estudio de los exoplanetas

Desde que comenzó sus operaciones científicas en 2022, el James Webb está transformando el conocimiento de los mundos situados fuera del Sistema Solar.

Si durante años los astrónomos apenas podían confirmar la existencia de estos objetos, ahora es posible estudiar su composición química, detectar moléculas presentes en sus atmósferas e incluso reconstruir procesos meteorológicos complejos.

Cada nueva observación permite comprender mejor cómo evolucionan los planetas gigantes y hasta qué punto pueden ser diferentes de los que conocemos en nuestro propio Sistema Solar.

En el caso de GJ 504 b, el interés va mucho más allá de su llamativo aspecto. Su atmósfera constituye un auténtico laboratorio natural para comprender cómo se forman las nubes minerales, cómo evolucionan los gigantes gaseosos y dónde podría situarse la frontera entre un planeta y una enana marrón.

Mucho más que un llamativo color

Quizá el mayor mérito de este estudio sea precisamente desmontar una idea demasiado simplificada. GJ 504 b no es interesante porque parezca rosa.

Lo realmente extraordinario es que, gracias al James Webb, los astrónomos han podido asomarse al interior de una atmósfera situada a decenas de años luz de la Tierra e identificar las moléculas, minerales y procesos físicos que la modelan.

Cada uno de esos datos ayuda a comprender mejor la enorme diversidad de mundos que existen en nuestra galaxia y demuestra que, incluso más de diez años después de su descubrimiento, este singular objeto todavía tenía muchos secretos por revelar.

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